Acerca de las fiestas en honor a la Cruz. 2ª Parte
A la hora de establecer los orígenes de esta celebración popular, hay que referirse necesariamente a una serie de fiestas paganas que se celebraban desde muy antiguo en el mes de mayo, considerado desde siempre como el mes del esplendor de la vegetación y la naturaleza, de la primavera, un tiempo muy proclive para la organización de fiestas.
Autores renacentistas parecen coincidir en derivar tales celebraciones de alguna festividad clásica grecolatina. Un escritor italiano del siglo XVI, Polydoro Virgilio, las relaciona con las fiestas romanas en honor de Flora, diosa que representa el eterno renacer de la vegetación en primavera y con la procesión ateniense del Eiresioné en la época de la cosecha.
Otros las vinculan con las fiestas romanas de Vulcano y de las divinidades Maia y Ops. También se las relaciona con las fiestas de Attis, un hermoso joven que vivía en los bosques de Frigia y que la diosa Cibeles lo eligió para sí, haciéndolo guardián de su templo, pero con la condición de que se mantuviera siempre virgen. Attis cedió al amor de la ninfa Sagaritis y entonces Cibeles hizo que ésta muriera, derribando el árbol del que dependía su vida. El muchacho enloqueció y se castró, tras lo cual la diosa lo volvió a admitir en su templo. La fiesta, rememorando su muerte y resurrección, tenía lugar coincidiendo con el equinoccio de primavera.
También desde antiguo se celebraba la fiesta conocida como la de "las mayas", precisamente en alusión al mes. Ésta era una celebración de carácter alegórico que tenía como protagonista a una niña (la maya) vestida de blanco y coronada de flores. Junto a ella una corte de jovencitas, también ricamente engalanadas, pedían "un cuartito para la maya, que no tiene manto ni saya".
De esta fiesta, quedan costumbres como festejos en algunos pueblos en los que se coloca en la plaza principal o en otro lugar elegido por la tradición un gran árbol denominado mayo; según Basilio Sebastián de Castellanos: “tronco muy alto, comúnmente de álamo verde, vestido de flores, cintas, ramas y frutos, y en muchas partes pañuelos de seda y otras prendas de vestir, que plantan los jóvenes labriegos de nuestros pueblos en la plaza y a cuyo alrededor se baila todo el día con entusiasta alegría”.
Como consecuencia del proceso de cristianización de antiguas prácticas paganas y supersticiosas, este “mayo-árbol” se convirtió en mayo-cruz, conservando casi intactos todos los demás elementos de la celebración. A su lado confluyeron elementos tomados de otras prácticas paganas: la maya, que en muchos sitios se coloca junto a la cruz, la artificiosa decoración, los cantos y bailes, etc.
El paso de la celebración pagana a la religiosa, popular en ambos casos, habría resultado favorecido por el culto litúrgico a la Cruz (como vimos en la primera parte de este artículo) y por las leyendas sobre el descubrimiento de la auténtica de Cristo.
Por su parte, disponemos de testimonios que se remontan tan sólo al siglo XVIII acerca de la celebración popular de la fiesta de la Santa Cruz, tal y como hoy la conocemos. En cualquier caso, parece que la celebración alcanzó su máximo esplendor durante los siglos XVIII y XIX, para empezar a decaer a principios del XX.
A pesar de ello, la celebración ha presentado siempre en todas sus manifestaciones una serie constante de elementos comunes, como es el hecho de que el centro de la fiesta sea precisamente una cruz, de tamaño natural o reducido, que se adorna. A su alrededor se vive la fiesta, con bailes juegos, coplas y procesiones, como las que hemos venido disfrutando en Sevilla y como la que tendremos ocasión de ver Dios mediante, el próximo día 1 en nuestra Hermandad del Sagrado Decreto de la Stma. Trinidad.
Juventud de la Trinidad




