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domingo 9 de marzo de 2008

Señor. Sigo tu Cruz...

La juventud que algunos ya vamos dejando atrás se torna como un ocaso en el cielo de una tarde de primavera, donde el azahar impregna cada recoveco y nuestra alma sentimos escapar. Una nueva Semana de emociones se asienta en nuestros corazones, pero solo con el paso de los años comenzamos a entender todo aquello de lo que nos sentimos participes.

Volvamos a nuestras raíces, pensad cuando aún erais niños, incluso cuando aún no podíamos correr libres, cuando nuestro mundo se veía sobre unas ruedas. Si no sois capaces de recordarlo preguntad a vuestros mayores. Todos tuvimos las mismas sensaciones al ver por primera vez un nazareno, el bullicio de la gente, los sones en la lejanía de una banda. Pero incrédulos de nosotros, nos preguntamos, quien era aquel al que llevaban aferrado a una Cruz, humillado, sentenciado, tan solo, y finalmente Crucificado. Todos miramos a nuestros padres, madres, abuelos, hermanos o familiares, intrigados, esperando una respuesta de aquella escena que veíamos por primera vez.

Nuestra vida avanzó, y aquel que iba en la Cruz fue albergando un sitio en nuestro ser, donde con el paso del tiempo fue floreciendo la bondad de los hombres que seremos el día de mañana.

Pero hoy, cuando para algunos se nos cierra el telón de nuestra segunda vida debemos pensar, que fue de aquel niño, que fue de aquel joven que hoy tiene a Jesucristo en su corazón.

Es aún temprano para recorrer su senda o albergar con más fuerza el ansia por seguirla. Existe un segundo lugar en el mundo donde Nuestro Señor Jesucristo se hizo hombre como para que las gentes que allí habitaron creyeran en Él con tanta fuerza y pasión al igual que en Jerusalén. Antaño, Sevilla aunó en los corazones de todos nuestros antepasados el seguir los pasos del Señor y que aún hoy, una vez al año, todos los que nos sentimos participes deseamos acompañarle.

Sigamos su Cruz, sigamos su sendero, sus pasos, su pasión, muerte y Resurrección.